
En serio. Estaba (¿estoy?) enamorada de un pisito en el distrito 15, M. Charles Michels. No tenía mucho, pero estaba en una esquina sobre un bistrot que se llama Lutetia. Al lado una panadería y algo más allá un restaurante de nombre italiano encantador.
No muy lejos estaba ese rincón mágico sobre el Pont de Grenelle. Por la noche desde allí pueden verse la Tour Eiffel y el Sacre Coeur a lo lejos, envuelto en una niebla misteriosa. El Sena bajo los pies y al otro lado la estatua de la Libertad. Sobre el quai de Grenelle, casi mordiendo el río, esos rascacielos tan feos que me calman el pecho. Soñar en ese rincón horrendo y extraordinario, qué más podía pedir.
Pero apareció el 8, rue du Mont Cenis y desapareció el 37, rue Linois.
En Montmartre no hay ni un supermercado, ni un cajero, ni nada de nada. Hay tiendas para turistas. No sé cómo conseguiré andar con tacones entre los adoquines, ni ser puntual a clase teniendo que coger el funicular a reventar de turistas cada día.
Sé que a partir de ahora llegaré todavía más tarde porque… ¿cómo no voy a pararme a mirar París desde las alturas de la Butte?
Y ayer por la noche salimos de casa (de casa!) y la rue du Mont Cenis estaba desierta y oscura, como las demás de Montmartre.
Y que quieres. Que me sentí en casa, que me vi viviendo allí, que ya me compararé un carro para subir la compra desde Pigalle y aprenderé a andar con tacones entre los adoquines y a bajar corriendo las escaleras y a esquivar a los negros de las pulseras al pie del funiculaire y por las noches cuando suba desde Clichy o Pigalle… cruzaré los dedos para que no me pase nada.
Bueno, y qué más da todo si vuelvo a estar bien con Paris y viviré en la cima del mundo.